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LOS OJOS QUE NO VEN. El viaje de Gidela.

LOS OJOS QUE NO VEN. El viaje de Gidela.

Gidela despertó junto a su hija con la primera luz del amanecer. Abrió los ojos sin ver nada. Hace 10 años los primeros síntomas de cataratas aparecieron en sus ojos nublándole progresivamente la vista hasta dejarla en total oscuridad.
Birhanu, el enfermero cualificado etíope que trabaja para la ONG Proyecto Visión, se presentó un día en su casa. La exploró y le dijo que su ceguera tenía cura. Le entregó un pequeño papel de color rosa citándola en la Saint Louise Eye Clinic de Mekele para ser operada.
Calentaron agua, prepararon té, comieron algo de pan y comprobaron que entre sus cosas estaba el papel que Birhanu les dio. Hoy debían viajar hasta Mekele.
El viaje fue largo, el local bus hacía muchas paradas en el camino y la intensa lluvia no facilitaba las cosas. La hija de Gidela, nerviosa e ilusionada, miraba por la ventanilla intentando imaginar cómo sería su vida después de la operación.
Llegaron a Mekele junto a otro grupo de invidentes que también estaban citados en la St. Louise Eye Clinic. Gidela agarraba con fuerza el brazo de su hija. Desde que perdió la vista apenas había salido de su casa. La ciudad bullía de actividad, caminando en grupo desde la estación de autobuses llegaron hasta la puerta de la clínica.
Nadie les preguntó más de lo necesario. El nombre de su madre, el lugar donde vivían, una huella dactilar y poco más. Un pequeño censo de la gente que pasaba por la clínica.
Gentes del Tigray esperaban sentadas, en calma y sin ninguna prisa, a que alguien las llamase. Después de un tiempo de espera un enfermero acompañó a Gidela a una pequeña habitación. Entró de la mano de su hija, sin preguntas, siguiendo las indicaciones del enfermero se sentó en un taburete. Permaneció así durante un tiempo sin saber hacia dónde dirigir la mirada pues oía palabras incomprensibles en una lengua que desconocía. Al rato alguien le explicó en tigriña la postura que debía adoptar. Hizo lo que le indicaban. Colocó la barbilla sobre la mentonera de acero curvo y frío. Sintió a alguien muy cerca de ella, la voz que oyó la tranquilizó, era Birhanu de nuevo.

Instrumental para operación de cataratas.

Instrumental para operación de cataratas.


Le realizaron múltiples pruebas; sin dolor ni molestia alguna se limitaba a seguir las indicaciones. Acabadas dichas pruebas sintió como le ponían un trozo de esparadrapo sobre la ceja izquierda indicando el ojo a operar. Fuera, en el pasillo que unía las distintas salas, la hija de Gidela observaba con atención las idas y venidas de los enfermeros.
Mientras, en la sala comedor, los familiares de los enfermos compartían injera mirando la tele mal sintonizada. En otra sala, el olor a café tostado auguraba una “coffee ceremony”.
Gidela salió de la habitación y se sentó en un banco junto a otros enfermos esperando a ser operada. Entró en la sala que precedía al quirófano de la mano de una mujer. Se vistió con una bata larga limpia y se lavó las manos y los pies en un barreño con agua fría. Tras colocarle un gorro la hicieron pasar a la sala de anestesia.
Las cosas se sucedieron de forma rápida: una pinza en un dedo para tomarle la tensión, un pinchazo ligero en un ojo y un globo relleno de arena para distribuir la anestesia. La llevaron al quirófano. Se tumbó en una cama y sintió movimiento a su alrededor. Una enfermera preparaba su ojo para la operación. Sin pronunciar palabra, quieta sobre la cama de operaciones, Gidela se estremeció. Había llegado el momento tan esperado. Un oftalmólogo de la ONG Proyecto Visión le quitaría para siempre esa venda blanca que la llenaba de oscuridad.Treinta minutos más tarde oyó una voz amable y reconfortante que la despertó de su sopor. Supo que todo había ido bien. Que en poco tiempo volvería a ver.
Su hija, lágrimas en los ojos, la esperaba a la salida del quirófano. Ayudó a su madre a tumbarse en un camastro en una de las habitaciones preparadas para el post-operatorio. Las camas se fueron llenando de pacientes con los ojos vendados. Las conversaciones, los murmullos de esperanza empezaron a elevarse en la sala.
Mañana por la mañana, una vez quitadas las vendas, los ojos empezarían a filtrar la luz, al principio toscamente para acabar viéndolo todo con nitidez.
Gidela se durmió soñando con cual sería la primera imagen de su nueva vida.

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